miércoles, octubre 22, 2008
La neta
― ¡Ese Marianito! ¿Cómo te va? ¿A poco esa navezota es tuya? ― lo dijo utilizando ese típico tono callejero de las ciudades del norte.
― Sí, la acabo de comprar ¿Cómo la vez?
― ¡Chilo! ¿Pero, pos cómo le haces? ¡Te desapareces un rato y vuelves como si fueras hijo de millonario, loco!!! ― y lo hizo gritando y alargando las palabras para que todos oyeran claramente.
― La neta, le vendí mi alma al diablo carnal, tú sabes: ¡Hay que ponerse las pilas! ― le dijo Mariano.
Los otros soltaron una carcajada que se fue multiplicando y robusteciéndose con las mamadas que los demás iban diciendo. ¡Ándele güey! ¡Para que se le quite lo preguntón, cabrón! ¡Eso le pasa por metiche, puto! Fueron la clase de cosas que se oyeron durante unos momentos entre sus compas aunque a quien iban dirigidas se le hizo largo el rato.
El Inocencio se le quedó mirando y se quedó serio, pero no se agüito. Agarró la onda, las cuestiones de dinero no se andan contando ni se explican, cada quien sabe en lo qué anda.
lunes, noviembre 26, 2007
Natalia
Sobre las paredes se habían dibujado extrañas figuras con los reflejos de la pistola cromada que él dejó sobre el buró; era una pistola escuadra, grande y pesada, que él sólo usaba para trabajar.
Rogelio amaba a Natalia; Aunque sabía que nunca podría tener nada más con ella, la amaba y la deseaba y a momentos pensaba que era por ella por lo único que quería seguir viviendo, porque estando a su lado olvidaba lo que cargaba en la conciencia y por eso quería que esa relación no terminara nunca, aunque luego se casara y tuviera hijos y amara a su esposa y a sus hijos, de todos modos quería seguir viendo a Natalia de vez en cuando, para amarla y protegerla con sus brazos y saber siempre que ella estaba bien.
Aunque ambos sabían que los dos estaban despiertos, se quedaron un rato en silencio, con la mirada fija uno sobre el otro pero sin verse a los ojos, tan sólo sintiendo el latir de sus corazones. Natalia disfrutaba ciegamente cada momento junto a él, le gustaba sentir con sus mejillas la tibieza y la firmeza de su cuerpo, lo disfrutaba como había disfrutado casi cada momento de su vida, aunque viviera haciendo cosas malas. Rogelio disfrutaba verla a ella, tan frágil y llena de gracia, irradiando felicidad y contagiándolo a él de alegría.
Rogelio, cuando dejaba de estar excitado, se preguntaba como era posible que una mujer como Natalia viviera así. Cómo poseyendo esa belleza y ese carisma pudiese merecer esa vida. Y como lo había hecho en otras ocasiones, abordó el tema sin reservas y preguntó:
― Dime, Natalia ¿por qué te convertiste en prostituta?
Ella sostuvo la respiración, abrió los ojos lo más que pudo, como para acabar de despertar y contestó con un tono de reproche:
― ¡Rogelio! ¿Por qué siempre eres tan directo? Ya te he dicho que no sé, que no me digas prostituta porque duele y que no eches a perder estos momentos junto a ti, que son lo que más disfruto en la vida.
Rogelio, que acariciaba los ondulados y oscuros cabellos de Natalia, le dijo:
― ¡Pero que fácil sales del atolladero! ¿Sabes? A veces te admiro, porque eres una mujer que ve todo tan sencillo y jamás te metes en complicaciones para decir las cosas. Una sola palabra te definiría: eres práctica.
― No, no soy práctica ― le dijo ― soy fácil, eso soy y no lo debo negar pero no quiero hablar de eso porque duele.
― Sí te duele es porque no eres feliz siendo así.
― ¡No, te equivocas!
― ¿Qué? ¿No me digas que te sientes feliz siendo una puta?
― No, lo que quiero decir es que sería feliz siendo como sea que fuera, lo que me duele es recordar y saber que he actuado mal y que no lo puedo remediar.
Rogelio tomó a Natalia por uno de sus hombros y la hizo voltear para verle a los ojos, tan grandes y bellos para él, que lo embelesaban:
― ¿Qué es lo que no puedes remediar? ¡Dime! ¿O acaso no me tienes confianza?
Natalia huyó a la mirada, se hizo bolita a mitad de la cama y colocó su barbilla sobre las piernas de Rogelio, luego contestó:
― Sabes que si te tengo confianza, que eres la única persona a la que le tengo confianza, pero sé que si comienzo a recordar y buscar una respuesta a todo esto terminaré llorando y no quiero que me veas así, porque al llorar soy fea y no me gusta que me veas fea. Por que luego ya no te voy a gustar y te voy a perder y luego voy a llorar más y voy a ser más fea.
― Ya no digas más, ¡Anda! tu me gustas de cualquier manera, pero creo que te debes empezar a desahogar, porque sólo así te sentirás bien y a lo mejor te puedo ayudar a encontrar la manera de que remedies lo que dices que ya no puedes remediar.
― Bueno, Querido, creo que sí te puedo contar un poco y hasta me serviría saber que piensas pero antes debemos de salir a caminar un rato por la playa, sirve que así nos da mucha hambre antes de ir a desayunar.
Rogelio aceptó, se pusieron ropas ligeras, sandalias y luego bajaron por las escaleras que llegaban hasta la playa, ahí se descalzaron y caminaron sobre la fresca arena de la mañana. La playa no era muy larga pero era ancha, en extremos había pequeños acantilados que la separaban de las otras playas de la costa, lo cual la hacia poco transitada e ideal para parejas de enamorados como ellos, aunque tal vez no estuvieran tan enamorados y, a la vez, por ser amantes, fueran algo más que una simple pareja. Primero caminaron hacia el lado donde salía el sol y luego se subieron entre las piedras en las que rompían las olas y buscaron cangrejos escondidos.
― ¡Anda, cuéntame eso que ibas a contarme! ―dijo Rogelio cuando regresaban.
Natalia bajo la mirada y la dejó estática para recordar.
― Hace muchos años, cuando mi papá y mi mamá se casaron, eran una pareja feliz, o por lo menos así se veía en las fotos, mi padre era muy guapo y mi madre era como yo…o más bien, yo me parezco mucho a como mi mamá fue entonces, pero ella era mucho más bonita, luego me tuvieron a mí y al parecer vivieron algunos años satisfechos hasta que a mi padre lo mandaron a trabajar a otro país y tardó mucho en regresar. Mamá se había descuidado y engordado, por lo que creo mi padre no sentía mucho interés en volver, él nos mandaba dinero más o menos de forma regular y con eso creía estar cumpliendo. Yo estaba muy chiquita así que me es imposible recordar, pero si me acuerdo que de pronto ya no volví a mirar a mi mamá y luego mi papá regresó y se dio cuenta que mi madre se había ido con otro y le contaron que ella había andado con otros hombres por despecho luego de enterarse que él tenía otra familia en el extranjero y no pensaba regresar. Mi padre se fue de nuevo y me dejó encargada con una tía, sólo siguió mandando dinero hasta que un día regresó y me llevó a vivir con él. Yo siempre fui rebelde y crecí peleándome con mi papá, reprochándole por habernos dejado solas y siempre con la idea de que no me quería, por eso luego me fui a vivir de la casa y anduve de arriba para abajo, de vez en cuando regresaba con mi tía y raras veces lo visitaba a él. Así pasaron varios años y un día en que pasé a verlo lo encontré muy mal de salud, me preguntó acerca de mi vida, entonces me dijo que ya sabía en lo que andaba y me contó muchas cosas que no sabía, de todo lo que ahora te estoy contando, y me dio instrucciones de que hacer si el moría. Yo no le presté atención, no quería escuchar malas noticias, lo mío eran las fiestas o cualquier otra cosa que me pusiera alegre, no quería oír más cosas tristes, por eso no le hice caso, pensé que luego se compondría y me fui. A los meses regresé a visitarlo, ni me acordaba que estaba enfermo, la vida descontrolada de ese tiempo me absorbía. Entonces me dijeron que había muerto y no supe siquiera donde lo habían enterrado, un vecino me entregó una cajita abierta, que dicen que él dejó para mí, estaba medio vacía, se notaba que la habían esculcado. Hay encontré una carta en la que mi padre me decía que hacer con los bienes que el tenía y como usarlos para salir adelante pero no estaban los papeles, el vecino no me supo dar razón, me dijo que muchos la vieron y no sabían que hacer con ella, ni a quien llamar y anduvo de mano en mano. Tampoco pude encontrar las cosas de valor que mencionó en la carta. Nada, todo se perdió. Me sentí como una estúpida, más de lo que ya era. En la carta mi padre me dijo algo que me dolió mucho, porque era lo mismo que yo sentía, pero no sabía como explicármelo…
Ambos caminaban con la mirada clavada en la arena mojada, el bello paisaje que los rodeaba había quedado muy distante, ahora ambos estaban lejos, en los rincones de la soledad que dejaron los recuerdos de Natalia.
Ella empezó a llorar, se detuvo y se recargó en Rogelio, quien la había descubierto trabajando en una casa de citas de donde la sacó una noche y la llevó a su casa, para admirarla y hacerle el amor.
Natalia prosiguió: Mi padre escribió que conmigo había pagado sus pecados y me dijo que eso lo aceptaba, que tal vez se lo merecía, pero no aceptaba que yo llevara una vida así por su culpa. Me pidió que enderezara mi camino, que yo no tenía por que pagar por lo que no hice, que no me dejara arrastrar por la corriente de mierda, que eso no me llevaría a ningún lado más que al infierno, porque, según él, el infierno si existe, está en la cabeza de uno y cuando se envejece, es en lo último que vivimos, en el infierno de recuerdos que guardamos.
Después de un momento se percataron que tenían los pies metidos en el agua, la marea comenzaba a subir. Rogelio la abrazaba y Natalia no quería irse de ahí, en los brazos de aquel hombre se sentía protegida pero sobre todo, comprendida. Además, ambos sabían que daba igual, la hora del desayuno ya había pasado.
Mientras Natalia humedecía con lágrimas la guayabera blanca de Rogelio, él tenía otros pensamientos que la unían más a ella; pensaba en lo parecidos que eran sus pasados y sus vidas y se preguntaba qué hubiese respondido si ella le hubiese hecho la misma pregunta sobre su profesión. Y cavilaba si valdría la pena sacar a esa mujer de esa vida porque, según veía, ella no había hecho otra cosa que pagar por los errores de sus padres y si ella cometió errores, era mejor dejarlos en el pasado, donde ya estaban, el tampoco era un santo ni estaba limpio de pecado. Más bien pensaba que tal vez estaban hechos el uno para el otro y que, tal vez, ella podría ser la madre de los hijos que un día él quería tener.
sábado, octubre 13, 2007
Un cuento de mi pueblo...
Una pesadilla en Rosarito
Humberto se quedó dormido con la revista en las manos, a pesar de las imágenes de demonios y ángeles rojos, el sueño lo venció. No supo nada de sí, ni tampoco sintió la brisa fría que se coló por la ventana a media noche.
“Cuando la pureza se quiere imponer a la maldad, ésta se irrita, se desencadena y no hay nada que la pueda contener…”
Esas fueron las últimas líneas que leyó antes de quedarse dormido y esas palabras lo siguieron entre sus sueños.
La casa de Humberto se encontraba a unas cuadras de la playa, en Rosarito. Habituado al ruido de las olas, eran pocas cosas las que lo podían despertar mientras dormía. Esa noche Humberto soñó cosas terribles: se vio entre llamaradas enfurecidas y mujeres que se transformaban en horripilantes criaturas que lo querían morder y devorar. Por la mañana, poco después de que saliera el sol, él se encontraba lejos de su habitación, escapando de uno de esos monstruos de ojos amenazantes y garras descomunales. A esa misma hora, sus dos mejores amigos pasaron a recogerlo; el día anterior habían quedado en ir a jugar béisbol. Cuando llegaron, saludaron a la madre de Humberto, una fiel católica que a esa hora salía a misa. Les dijo que él aún dormía, que pasaran a despertarlo porque antes ella no había podido.
Cuando entraron al cuarto no encontraron ahí a Humberto, lo buscaron en el baño y lo llamaron por el pasillo pero no apareció. Pensaron que debía andar buscando los guantes y las pelotas para el béisbol, ya era tarde y con él siempre era lo mismo. Luís y Roque, que eran sus amigos de toda la vida y de toda su confianza, no dudaron en esperarlo un rato en su habitación. Platicaron unos minutos acerca de los juegos pasados, de las chicas y de dos o tres cosas más hasta que, al ver que Humberto no aparecía, se les ocurrió que tal vez se encontraba en la tienda de enfrente, donde vivía Mateo, otro chico a quien también iban a pasar a recoger para irse a jugar. Dispuestos a salir del cuarto, se levantaron y se encaminaron hacia la puerta, entonces, justo cuando uno de ellos giraba la perilla, un fuerte ruido los asustó haciéndolos voltear a verse sorprendidos. Se trataba del despertador que estaba junto a la cama y había comenzado a timbrar en ese momento. Luís trató de apagarlo pero descubrió algo extraño en él y le pidió a Roque que viera las manecillas: marcaban las doce en punto. Roque le dijo que simplemente estaba mal sincronizado, que lo apagara, que no era para tanto. Luís trató de apagarlo y Roque, al ver que Luís no podía, intentó ayudarlo pero sus esfuerzos fueron inútiles, no pudieron encontrar el botón que detuviera su funcionamiento. Le buscaron por todos lados y hasta intentaron quitarle la batería, pero fue inútil: no la encontraron, parecía que el despertador estaba sellado y no dejaría de sonar. Cuando se cansaron de buscar la manera de apagarlo, ya cansados de oír aquel estruendoso chirrido, lo dejaron sobre el buró y se fueron a buscar a su amigo en la casa de Mateo.
Cruzaron la calle y se dirigieron a los abarrotes “La Bendición”; al entrar no vieron a nadie por eso se fueron hasta el fondo, al área de las carnes, donde siempre estaba Tavo, un muchacho que recién había comenzado a trabajar como carnicero en esa tienda. A él le preguntaron por Mateo y, de paso, le contaron lo del despertador. Él les dijo que Mateo estaba atrás, en su casa y respecto al despertador, en tono sarcástico les dijo que se lo trajeran, que el las podía “de todas, todas” y que no tardaría más de un minuto en resolverles ese problema. Pasaron a la trastienda, desde donde se podía entrar a la casa de Mateo, a quien encontraron recostado en un sofá, viendo las caricaturas del pájaro loco, con un vaso de leche en la mano y comiendo galletas de nieve; le preguntaron por Humberto y le contaron lo que había pasado en su cuarto. Emocionados por lo que estaba ocurriendo, parecía que ya se habían olvidado de ir a jugar béisbol, pues los tres salieron corriendo hacia la casa de enfrente. Además, Tavo, que a esa hora no tenía clientes, dejó encargada la vitrina con el abarrotero y se fue corriendo con ellos, la curiosidad lo había picado. Una vez en el cuarto de Humberto, vieron azorados como el despertador seguía sonando; el que trabajaba de carnicero, por ser el mayor, se sintió obligado a tomar control y revisó el reloj hasta que encontró el compartimiento de las baterías. Se las quitó, pero al ver que el despertador seguía sonando le dio miedo, se apartó, dijo que ese despertador se sentía raro, que vibraba demasiado fuerte, como si estuviera vivo y que era imposible que siguiera sonando sin las pilas. Tomó el despertador y salió a la calle seguido por los tres muchachos que vestían incompletos uniformes de béisbol. Una vez afuera Tavo lo azotó con fuerza contra una pared pero el aparato en vez de apagarse sonaba cada vez más intensamente.
―¿Y Humberto? −se preguntaban intrigados.
Luis, Mateo, Roque y Tavo estuvieron de acuerdo en que ese aparato se tenía que apagar con o sin dueño, así que trajeron gasolina y le prendieron fuego. Hasta aquí todo era emocionante y divertido, la calle se había llenado de las carcajadas y parecía que todo terminaría en algo chusco; cuando llegó Humberto, les dijo que había tenido que salir corriendo a alcanzar a su mamá para que le diera dinero, pero que fue hasta la iglesia donde la alcanzó. Cuando le contaron lo del despertador les dijo que estaban locos, que el despertador tenía un botón grande, arriba, que con ese se apagaba. No les creyó lo que le decían y se echo a reír cuando le contaron lo de las baterías:
―Ahora sí se la jalaron−les advirtió.
Cuando de nuevo comenzó a sonar, emitiendo un zumbido ensordecedor, se quedaron callados y Humberto preguntó por lo que sonaba:
―¡Ese es tú despertador!–le contestaron sus amigos al mismo tiempo.
Humberto terqueó que ese no era, que así no sonaba, pidió le dijeran qué era eso que se oía pues aquello parecía un toro bramando. Cuando el fuego se apagó aún se podía apreciar el armazón medio derretido, con pequeños pedazos que aún conservaban el color rojo que antes tuvo. Lo que había sido un reloj−despertador ahora vibraba, parecía como si estuviese enojado y los ojos de los chicos buscaron una respuesta para ello entre sí. Con un palo movieron el destrozado armazón y de éste se desprendió el motorcillo, que se veía un poco deformado, de color verde, asemejando un mayate pero zumbando fuertemente.
―¡No mamen!−gritó uno−¡Esa madre está viva!
Uno de ellos trajo una pesada piedra y la estrelló sobre el endiablado motor. La piedra rebotó sobre el aparato, que hizo un chasquido y dejó de sonar; rodó la piedra al costado y debajo quedó un pedazo de chatarra aplastado. Humberto lo tomó con la mano y al frotar la tierra y el hollín que lo cubría quedó impactado, peló los ojos y su mueca hizo que a los demás se les enchinara la piel. Bajó lentamente la mano y les mostró a los demás esa cosa por un instante, luego, con un relampagueante movimiento de reflejos y nervios alterados, lanzó el pedazo de metal lo más lejos que pudo. El sonido que antes fue de un bello y útil reloj-despertador de manecillas, alterado ahora por quién sabe qué fuerzas ocultas, osciló por el aire y se fue a perder entre las hierbas que crecían al fondo de la calle.
―¿Lo vieron? −preguntó a los demás.
―¡Si! ¡Era una cabeza de toro! −dijo uno.
―¡Si! ¡Con cuernos!−asintieron los demás, a quienes se les habían borrado las sonrisas y mostraban ahora una cara de preocupación.
Los cuatro chicos se veían perturbados, ansiosos de encontrar una explicación a lo que pasaba aquella mañana tan extraña. Tavo les dijo que aquello era muy raro, que mejor él no quería broncas con esas cosas, se persignó y se despidió recomendándoles que tuvieran cuidado.
Los demás pensaron que era un marica pero ninguno se atrevió a decir nada, ellos también hubiesen querido escapar de aquel lugar. Entonces fueron a la casa de Humberto, pero no quisieron entrar, prefirieron esperarlo en el porche, frente a la puerta de la casa.
Desde la sombra vieron por la ventana de la tienda como Tavo se metió entre los refrigeradores de la carne y se puso a trabajar, vieron la hora y se dieron cuenta de que ya era tarde para ir al juego en el campo Benito Juárez, que estaba a 13 cuadras desde la Magisterial, donde ellos vivían. Cuando Humberto salió y estaba cerrando la puerta escucharon un sonido conocido, era algo parecido al zumbido de un zancudo, pero debía ser enorme, pues sonaba tan fuerte que se parecía al sonido de un helicóptero y, además, se estaba acercando. Voltearon a ver el cielo, buscando ver de qué se trataba. Entre los árboles todo lucía normal, algunos pájaros revoloteaban entre sus ramas y mil abejas se revolcaban entre las flores del jardín. Comenzaron a caminar hacia la calle, apresurados, casi empujándose, no querían descubrir que aquel zumbido provenía de nuevo de lo que había sido un reloj−despertador. Cuando ya estaban sobre la acera, Roque les dijo a los demás que miraran sobre el tejado del porche, en la esquina había algo que tenían que ver. Era algo irreconocible desde esa distancia, pero ellos sabían que no era un pájaro, ni un insecto, ni tampoco alguno de los adornos del patio, era el mismo ser que salió de la alarma, el que se transformó con el fuego. Empuñaron sus bates de béisbol un momento, como imaginando hacerle frente en caso de que se acercara, pero luego de ese instante de valor, salieron corriendo rumbo a la calle principal, el Boulevard Benito Juárez. Mientras corrían, escucharon el zumbido detrás de ellos, yendo y viniendo de un lado a otro, pero nadie veía al animal y poco antes de llegar a la parada de los taxis se dieron cuenta de que ya no se oía. Se tranquilizaron y se animaron mutuamente.
Humberto venía notablemente alterado, su inconciente estaba lleno de posibilidades respecto a lo sobrenatural, tanto escuchar a su madre hablar de santos y vírgenes lo habían hecho sensible a esas cosas; y que decir de sus tantas desveladas de terror, leyendo esas revistas de temas espectrales. Todo aquello era demasiado para su joven conciencia, él sabía que no podría con eso. Un chico católico no puede cambiar de pronto de un ambiente blanco e inocente a uno de varias dimensiones, con realidades diametralmente opuestas a la suya. El precio apagar era alto y muy pocos podían con él.
Al llegar a la esquina del boulevard, frente a la Chiquita Bar, pararon un taxi y cuando se iban a subir Roque pegó un saltó atrás. Al ver aquello, el taxista, con un acento costeño, les indicó:
―¡Súbanse, súbanse! ¡Nomás cuidado con ese animal que se acaba de meter, ahí le sacan la vuelta! ¡No les vaya a picar!
El pájaro/insecto-reloj/despertador con cabeza de toro, se encontraba parado sobre el respaldo del asiento delantero, volteando hacia atrás, exactamente hacia la puerta trasera por donde ellos querían entrar. Luís azotó la portezuela y le gritó al chofer:
―¡No, gracias!
El taxista se molestó por aquel azotón, echó algunas mentadas a los chamacos y salió quemando llanta en su taxi amarillo con blanco.
Los cuatro amigos estaban incrédulos, se preguntaban a sí mismos si aquello era real, si no estarían soñando, pero ninguno dijo nada, tenían el habla cortada. Hicieron la parada al próximo taxi pero la historia se repitió, el horrendo animal se encontraba, inexplicablemente, parado sobre el respaldo del asiento delantero, volteando hacia atrás, exactamente hacia la puerta trasera por donde ellos querían entrar. No sabían con certeza que debían hacer, sí paraban otro taxi se encontrarían de nuevo al diablo ese parado en el mismo lugar y sí se iban a cualquier otro sitio de nuevo los perseguiría. Parados ahí por los menos no escuchaban el horrible zumbido detrás de ellos. Sintieron que estaban encadenados a esa parada de taxis y, por miedo a lo que pudiera pasar, esa parecía su mejor opción.
Luís quiso llamar a sus padres desde el teléfono público de la esquina y cuando se acercó se encontró con el animal parado sobre la caseta telefónica. Pegó un grito y corrió hacia sus amigos. Les dijo que ya no podía más, que iba a irse corriendo a su casa y que no le importaba irse solo, ni tampoco sí el animal lo seguía. Cuando arrancó los demás se quedaron mirándolo petrificados. También vieron como el animal emprendió el vuelo tras él y se dieron cuenta como del pequeño monstruo alado iban saliendo varios más, como si fuese regando copias de sí mismo.
Todos ellos se espantaron con aquella visión, entendieron que ante ese nuevo panorama en ningún lugar estarían a salvo y emprendieron la carrera detrás de su amigo. Al llegar a “La Bendición” se encontraron con una grotesca escena: Tavo, el abarrotero y Doña Mele, una vieja clienta de la tienda y vecina de la cuadra, se encontraban tirados en el piso, estaban muertos y eran devorados por algunos de esos mismos seres que los perseguían. Los pequeños animalejos no se inmutaron con su llegada, ni dejaron de hacer lo que estaban haciendo. Sus cuerpecillos resplandecían bañados en sangre con la luz del sol que entraba por las ventanas. Se movían lentamente, dando jalones a las tiras de carne que arrancaban con sus dientes.
Los muchachos salieron de la tienda y vieron la calle desolada, ahora no se oía un solo ruido, ni se veía un alma. Inexplicablemente, esa, que era una calle donde siempre abundaba la vida, en la que nunca cesaban los sonidos de niños que juegan, de perros que ladran y de gente que transita de manera ininterrumpida, en ese momento lucía lúgubre, cubierta por un halo de misterio. Con cautela caminaron hacia la casa de Humberto, poniendo atención a todo lo que les rodeaba; querían saber que estaba pasando y cuando en voz baja se preguntaron que hacer, el zumbido ensordecedor de cientos de pequeños monstruos llegó a sus oídos. Al mismo tiempo pegaron todos un grito mezcla de angustia y desesperación, tan alto que llegó hasta la termoeléctrica, al otro lado de la ciudad, donde, para su mala suerte, nadie los escuchó.
Corrieron desesperados y se metieron a la casa mientras el cielo se nublaba como cuando una plaga de langostas atacó Egipto. No había resquicio en el horizonte por donde no se mirara uno de esos animales. Cerraron la puerta con tanta o más fuerza que la portezuela que un rato antes Luís había azotado al taxista. Oyeron como los animalejos se iban estrellando contra ella y los cuatro se pegaron de espaldas a la pared de la sala, tratando de protegerse de la inminente entrada de esos seres que parecían venidos del infierno.
―¡Agua bendita! −gritó Roque.
―¡Tu mamá debe tener agua bendita! −insistió. Humberto corrió al lado izquierdo de la sala, donde su madre, mujer católica devota, mantenía un pequeño altar a la virgen de Guadalupe, con velas que ardían noche y día, retratos de la familia y un recipiente de agua bendita. Era suficiente como para darse un baño, no tenían idea de porque había tanta, pero eso era algo en lo que no se pusieron a pensar en aquel momento, era su vida lo que les importaba proteger. Humberto se armó de valor y corrió de nuevo, fue hacia la alacena, se puso a gatas y buscó bajo el zinc. Allí encontró los botes que buscaba y corrió de nuevo hacia sus amigos que ahora ya estaban en cuclillas preparando la defensa. Afuera sonaba como si estuviesen cayendo pelotas de béisbol en forma de granizo, era un escándalo tremendo, parecía como si se fuese a caer la casa, que de vez en vez, comenzaba a crujir. Por las ventanas se veían las sombras de los aterradores animales, volando como enjambre alrededor. Misteriosamente a las ventanas no se acercaban.
Ellos no lo sabían pero la madre de Humberto, desde adentro, cada domingo regaba con agua bendita toda la casa; como las ventanas las abría para limpiar, el agua bendita llegaba hasta el mosquitero, donde quedaba impregnada.
Los cuatro prepararon los dos pares de atomizadores que trajo Humberto, los llenaron con el agua bendita y luego se fueron juntos a rociar las puertas, de una en una hasta que terminaron. También rociaron cada rincón oscuro que encontraron y, armados de valor, también subieron al ático. Cuando ponían el agua bendita, el ataque de aquellas criaturas de Satán se incrementaba y se oía como rasgaban la madera de puertas y ventanas; los muchachos llegaron a creer que sería mejor parar, pero luego se dieron cuenta que los diabólicos seres se enojaban cuando caía el agua, que se volvían más agresivos y luego, cuando el agua empapaba lo suficiente, ya no se acercaban. Así pasaron todo el día y mucho después de que cayó el sol, ya cerca de la media noche, cuando los ataques de aquellas infernales criaturas prácticamente habían acabado, se durmieron. No les importó no tener sueño y dormirse prácticamente contra su voluntad; el recuerdo de las manecillas del reloj señalando las doce los asustaba e imaginarse lo que podría pasar a esa hora los inquietaba. Aquello era algo que por ninguna razón querían vivir.
Al amanecer del día siguiente Humberto despertó primero que los demás; aterrado por sus extraños recuerdos quiso despertar a sus amigos para preguntarles si todo aquello había sido cierto o sí solo había tenido una pesadilla. Cuando estaba apunto de hacerlo sintió un miedo terrible, tan sólo imaginarse que sus recuerdos fuesen ciertos lo detuvo. Decidió esperar y se quedo muy serio pensando en todo lo que recordaba. Trató de hacerse a la idea de que todo aquello era un sueño y lo hizo tan bien que ya se había creído que nada había pasado. Entonces le vino una idea: encender la luz y ver si en verdad todo era producto de su imaginación, de ser así, no encontraría rastros de lo que recordaba. Al prender una lámpara, sus ojos casi se salieron de su orbita y su piel se le erizó como nunca había sentido. Descubrió los atomizadores con agua bendita junto a la cama y por la ventana, un diablillo lo miraba.
F I N
sábado, agosto 11, 2007
El señor Licenciado
Cuando lo vi detuve mi marcha y me quedé mirando lo cerca que de mi estaba y lo lejos que, en otro aspecto, nos encontramos; y pensar que hubo un día que casi emparentamos, me cogí a su hija o, para no herir al feminismo, ambos cometimos carnal pecado. Esa noche creo fue larga y calurosa, no es que la haya olvidado, pero de cosas de mujeres es mejor no andar hablando. Hoy, cuando lo miré, inevitablemente lo recordé y me quede pensando: que si el me conociera creería que no soy nadie y mi futuro se mira complicado, pero un par sabemos que por poco terminamos en el mismo cuadro.
Sería un cuadro grandote, colgado en la pared, con ambas familias a los lados, pero eso no va a pasar y mucho más faltaría, pues, ese señor famoso, fue mi suegro sólo por un día.
jueves, junio 21, 2007
Un mes después
Para mí, aprender otro idioma es como entrar en otra dimensión. Es un acto mediante el cual poco a poco uno se puede sumergir en otros mundos; después de las primeras palabras comienzan a aparecer frente a nosotros pequeñas frases, mensajes y hasta graffittis que antes no significaban nada aunque estuviesen ahí frente a nosotros, diciéndonos la verdad.
El vivir invita a recordar. Esa es la razón por la cual vinieron a mi mente los días cuando comencé a aprender inglés, cuando sólo entendía los estribillos de algunas canciones y a la letra la escuchaba sólo como parte de la música. También recordé cuando, conforme iba aprendiendo esa lengua, las letras desconocidas de esas canciones se fueron convirtiendo en palabras y las palabras en frases que cada vez me decían más cosas hasta que se hicieron poesía y entonces, me dijeron cosas maravillosas que antes no podía entender.
Cuando se aprende otro idioma se aprende a ver las cosas de otro modo, se les quita a ellas eso que parece suyo, se les cambia de lugar, se les mira desde donde las vieron generaciones antiguas o desde donde las miraran en el futuro. En pocas palabras, se le abre a uno la mente y las posibilidades suelen aumentar. Eso es algo invaluable, porque hace crecer nuestra alma y nuestra inteligencia pero, sobre todo, nuestra capacidad de entendimiento, porque cuando no sé conoce algo es cuando más se le teme y de los miedos vienen la mayoría de nuestros males.
jueves, mayo 24, 2007
Adios América (Donde todo ya está en español)
Sabían que los mexicanos son díficiles de dominar, que lo mejor era mantenerlos lejos, ocupados, sin esperanza de prosperar. Pero lo que nunca se imaginaron fue que la propia América sería conquistada por esos mexicanos que antes despreciaron.
Como un día cayó Roma ante los barbaros que venían del norte, pronto otro imperio caerá ante los barbaros que vienen del sur. Otro tiempo, otra dirección, pero la misma razón, el mismo resultado.
Yo a México le auguro un enorme futuro; pero antes, tendrá que madurar y para ello debe, por cientos de años, como decimos en México: la cobija arrastrar. Lo está haciendo muy bien, ya pronto tocará fondo, pero le falta un poco más y, entonces, cuando el pueblo conozca todos los pesares existentes, se levantará y será una nación con futuro. Todo con calma. Todavía le falta despejarse las ideas revueltas que le dejaron conquistadores y las malas influencias de las naciones modernas.
domingo, marzo 25, 2007
La historia de mi vecino
Lo conocí hace tres años, cuando nos mudamos a esta colonia popular. Nosotros nunca hemos sido de dinero ni nada parecido, por eso acostumbrarnos a este barrio de perros callejeros y bocinas que retumban no fue algo difícil de superar. Sin embargo, lo que ya no podemos tolerar es a nuestro vecino, quien a pesar de ser amable y respetuoso tiene un defecto que es difícil soportar.
Lo que pasa es que cada vez que toma, que es casi a diario, se pone a llorar, dice que la culpa es de su destino y que nunca se lo va a perdonar. No sé ya que pensar, ya esta viejo y no creo que vaya a cambiar; el problema es que vive al lado, compartimos una pared de nuestra casa, por la que se filtran todos los sonidos que nacen en su cuarto, como sus llantos por las noches, cuando nosotros queremos descansar.
A veces creo comprenderlo pues su historia si es especial. Dice que cuando era joven y recién se había casado, leyó un reporte sobre las fallas geológicas en el Estado. En él descubrió que se corría un grave peligro de temblores, por lo que decidió irse con su felicidad a otro lado. Dice que llegó a la capital, en busca de una propuesta de trabajo, se acomodó y vivió allá algunos años. Trabajaba contento, con su esposa y un pequeño niño que el destino les había dado. Al recorrer la capital, descubrieron su interesante pasado, pues paseos al museo y a las pirámides realizaron, hasta que un día llegó el temblor y todo su mundo se vino abajo. Perdió a su esposa y a su niño, ellos terminaron sepultados.
Al trabajo no volvió, tenía el ánimo destrozado. Entonces decidió enfrentar a su destino y regresó a su ciudad natal, donde no le fue difícil encontrar otra vez trabajo, pero ya fue nunca el mismo, para el la vida no tiene sentido y se siente decepcionado.
A mi se me hace que se quiere suicidar pero le falta valor y no sabe que hacer con sus penas y pecados. Si se muere descansaríamos todos y ese cabrón serviría de algo, pues todos aprenderíamos que al miedo, más vale tenerlo controlado.
martes, marzo 20, 2007
Voy a morir joven
Muchas veces me he puesto en peligro, a pesar de ello creo que cada quien tiene su destino trazado y cuando a uno no le toca, no hay nada que hacer, en esas cosas simplemente no se manda; por eso ahora a los riegos los tomo con calma, de todos modos, sé que voy a morir joven, porque lo he soñado, sentido y, algunas veces, hasta presentido.
Porque prefiero vivir poco tiempo intensamente que uno largo triste o aburrido; por que si no hago lo que quiero no creo que valga la pena seguir haciendo cosas que no me importa hacer. Porque ya he podido amar, servir y compartir; porque en la vida son pocas cosas buenas las que no he vivido. Porque no quiero vivir pensando en el que hubiera sido, sino por lo que me ha ocurrido continuar.
A veces me pongo a pensar que he muerto y, en verdad, que me siento tranquilo y mucho muy agradecido con la oportunidad que se me dio. Por las cosas que se me permitió hacer y por no tener nada de que arrepentirme es por lo que más gracias doy. Pero, como en verdad estoy vivo, entonces le sigo, haciendo lo mejor que puedo con el tiempo que me han dado sin pedirlo. Por haberme dejado nacer en un lugar no elegido y aceptar abiertamente que pudo haber sido peor. En donde a dar las gracias, por lo menos, me tocó aprender.
Por lo pronto vivo intensamente, aprovechando cada cosa, cada oportunidad. Porque no importa si voy a morir joven, ni cuando esto suceda; puede ser hoy, puede ser mañana o dentro de cincuenta y siete años, por dar un número, en verdad es lo de menos, al fin de cuentas, la juventud es un estado mental. Y ahora que he escuchado que Picasso decía que lleva tiempo ser joven, puedo decir abiertamente que comparto su opinión.
sábado, marzo 17, 2007
De lo que quiero escribir
Así lo sentí una vez más hace unos días, cuando Rafael, Leo y yo, emprendimos una aventura inolvidable, que nos llevó desde las afueras de la ciudad, hasta las montañas de rocas y pinos que conforman la Sierra de Juárez. Fue una aventura que inicio un día lunes y termino el siguiente sábado, seis días en que recorrimos poco más de trescientos kilómetros a caballo. Atravesando lugares que hacia años no
Desde el caballo blanco que yo llevaba conté y escuche anécdotas, como las que Rafael iba contándonos desde yegua pinta o las que Leo recordaba mientras montaba
sobre un alazán cara blanca. También cantamos, silbamos y contamos chistes, fue un convivio campirano. Además, llevábamos un cuarto caballo, un rocío, algo viejo, pero muy importante entonces, pues cargaba los abastecimientos y mochilas para toda la semana. Avanzamos a paso regular, entre montañas, cerros o valles, hasta que nos caía la noche o hasta que nos daban posada en algún rancho junto al camino.
desgastante pero siempre valía la pena. Desde arriba de un caballo, con sombrero, espuelas y una soga al lado, aunque no parezca, el jinete se puede relajar, al concentrarse en el ruido de las bestias al andar e ir viendo las cosas aproximarse lentamente; aprende uno a observar y, sobre todo, a ser paciente. Es una terapia en la que se conjuga la naturaleza y la rudeza de la vida de campo, en la que se debe aprender a agarrarle el paso de los caballos pues, desde ahí, se tiene la certeza que tarde o temprano, cualquier lugar se puede alcanzar.
de sus barrancos sin fondo y viendo la oscuridad total en que esas montañas se sumergen por las noches me di cuenta de una cosa: Baja California es una tierra árida, donde parece que hay poca vida, donde por lo general sólo se oye el viento golpear contra las rocas, sin embargo, a lo largo de su historia muchos hombres la han querido y de ella se han enamorado. Esto no creo que solo ocurra porque es una tierra muy bella sino porque en ella muchos se han encontrado consigo mismos. Porque antes no se conocían y en el desierto se han dado cuenta de que están hechos. Porque estando ahí les pasa lo mismo que a los marinos en altamar, se dan cuenta de que son capaces de hacer lo que quieran sin una sociedad que este detrás, a la mano, velando por ellos y que sí lo han logrado hacer es porque algo deben valer.
miércoles, febrero 21, 2007
El Poeta Desatado te cuenta una historia:
Un niño de once años tenía serios problemas de conducta, eso le decían a poco de conocerlo; ya que en la escuela, casa y parque, mayores y compañeros, siempre le decían: ¡Paquito, deja de picarte!
Esto pasaba porque Paquito sentía mocos en sus fosas nasales. Lo corrigieron muchas veces, desde su madre hasta el compadre, pero Paquito no entendía que aquello era más malo que echar desmadre.
Lo que Paquito no sabía, porque no podía recordar, es que cuando recién había nacido, aprendió eso de su madre, a quien miraba hacerlo todo el tiempo, sobre todo cuando no había nadie.
Eso pasó continuamente hasta que, un día, la sorprendió su suegra e hizo de aquello un gran mitote, tan grande que a partir de entonces, en su barrio, ‘La Mocote’ le apodaron, misma razón por la que a los pocos años, por la pura carrilla, se mudaron.
Y fue tanta su vergüenza que juro nunca más volver a tocarse.
Pero el daño estaba hecho y el niño, desde meses, aprendió a usar sus dedos para la nariz rascarse. Así creció con esa maña y fue imposible de arreglarse pues la madre nunca supo que los primeros cinco, son los años más importantes.
martes, febrero 20, 2007
El poeta desatado (segunda aparición)
Era mi conciencia y mi otro yo. Uno pensaba cosas inimaginables y el otro me preguntaba por cosas creíbles. De los dos siempre han surgido inventos que pueden ser posibles y algunos otros de ficción. La de anoche fue una charla increíble, de esas que dejan una grata sensación. Tú pensabas en lo triste del futuro y yo te dije que todo depende del observador. Me preguntaste por lo que pronto va a ser visible, dada la actual condición. Sugeriste una probable exterminación y yo te dije que ya no, que ya la raza humana se ha exterminado y ahora sólo existe el fruto de esa evolución. Que los que viven ya no tienen escrúpulos ni tienen que tenerlos, todo lo manejan desde su sillón. No ven la sangre, ni sienten el dolor; todo son números y ganancias para el dueño del televisor.
Además, los mejores ya murieron, los mejores siempre han muerto; porque son los que arriesgan, los que van más adelante y con la antigua educación, muchos perecieron creyendo en las guerras o en los dioses. Falsas glorias de los sistemas en que nacieron, por eso no sobrevivieron sus valiosos genes y su posible evolución.
−Entonces ¿Ya no queda esperanza alguna?−preguntaste;
Yo te dije que no es que no hubiese ya esperanza, que la humanidad, tendría que tocar el fondo y que entonces, al llegar al límite, todo iba a mejorar y que en el futuro la humanidad no va a desaparecer, va a aumentar. Y que esto ya está pasando, el fondo ya se puede mirar.
−¿Qué porque digo que todo va a mejorar?
−Porque dentro de pocos años los humanos nos haremos inmortales. −¿Cómo? −me preguntas;
−Te lo diré: de la misma manera en que ahora cambiamos nuestros órganos, despojándonos de nuestro cuerpo. De esa manera el hombre se hará inmortal, dejará su mente funcionando para siempre y el cuerpo para nada importará.
Ahora mismo, en China tal vez, se está inventando un programa de computadora que, al conectarse al cerebro, podrá almacenar todos los conocimientos de la persona conectada y hasta aprenderá a pensar como él; para esto se deberá aprender los mecanismos de pensamiento de cada persona y después, podrá razonar como él y en base a sus conocimientos, pensar también como esa persona pensaba en ese momento. Esto podrá ser hecho poco antes de su muerte o cada año se puede hacer un respaldo nuevo o después de cada gran acontecimiento, porque nadie saber cuando se va a morir y, ya que a veces, al estar cerca de la muerte, por sufrir un accidente o por perder algún ser querido, podemos ver todo diferente o, incluso, al cumplir algunos de nuestros sueños muchas veces nuestros puntos de vista cambian para siempre.
−¿Para que servirá? −quieres saber;
Pues, muy fácil, al hacer esto la conciencia de la persona no morirá y los interesados podremos interrogarle todo lo que queramos, desde recuerdos hasta las posibilidades de algo y en base a sus conocimientos podrá darnos su opinión.
Imagínate que tuviéramos ahora la memoria de Leonardo Da Vinci, de Aristóteles o la de Jesús. Nos podrían dar puntos de vista invaluables, serían una fuente de inspiración para todos los demás; e igual podríamos tener la de Gandhi, la de Nezauhalcoyotl o ¡la de Lennon!
¿Crees que se podrían actualizar? −me sugieres.
¡Claro! Se podrían además ir uniendo en una sola que, en conjunto podrían llegar a ser como un futuro Dios. La humanidad sería la creadora de su propio Dios en base a todos los conocimientos del pasado y de los grandes pensadores. Cualquier problema sería sabiamente resuelto por esa mente superior y nuestra raza no pasaría más problemas existenciales.
− Pero, es imposible reunir todos los pensamientos de los grandes porque han muerto −se te ocurre;
−Claro, pero al unir los que ahora tenemos y seguirlo haciendo hacia delante se podrá crear ese ser supremo, del cual no temeremos porque todos sabremos que se trata de una máquina pero del cual dependeremos para progresar y vivir en armonía con todo lo demás.
...Que bonito es un sueño, que bonito sería poder decir que es verdad, pero mis ojos no lo verán ni los de mis hijos lo tendrán; porque la humanidad esta condenada a comerse unos a otros, porque en la vida todo se paga y el humano, desde hace tiempo, se pasó de la raya. −esto último lo pensé yo anoche, cuando desperté de soñar que mi conciencia charlaba con mi otro yo.
La esquina por donde pasa Dios
Eran las siete treinta de la mañana y un hombre caminaba cabizbajo, triste y malhumorado, pues no tenía trabajo. Era uno más de tantos. Llegó a una esquina, buscando algún anuncio en las ventanas, cualquier cosa, para sacar para los gastos. Entonces, miró a un pordiosero que sonriente saludaba a todo mundo, se dirigió hacia el y le dijo:
−¡Hola, Amigo! ¡Oye! ¿Porque estás tan contento? Si no eres más que un pordiosero.
−Pues porque hay que estar contentos ¡Sonríe, hombre!
−¡A Dios! ¿Y de que quieres que sonría? ¿Qué hay de bueno aquí como para andar sonriendo?
−¿Cómo que qué hay de bueno? ¿Qué no vez? ¡Aquí está Dios! ¡Míralo, ahí viene! ¡Anda, salúdalo tú también!
El pordiosero dio tres pasos adelante y le tapó el paso a un hombre de traje que caminaba por el lugar y le dijo:
−¡Buenos días, buen hombre! ¿Cómo estás el día de hoy? ¡Ah, mira! ¡Que bueno, que bien! Y le deseo que la siga pasando bien ¡Muy bien! ¡Hasta luego!
−¡Oye! ¿Por qué no saludaste a Dios, eh? ¿Quién crees que eres para no saludarlo? ¿Dime?
−¿Cuál Dios? Ese era un viejo flaco nada más ¡tú estás loco!
−No, hermano ¡Claro que no estoy loco! Ese que miraste, aquel que va allá, aquel y aquel otro, tu y yo, todos somos Dios ¿Qué no lo sabes? Dios es todo lo que vez, no hay nada que no sea Dios.
¿Qué? ¿Acaso crees que somos únicos? ¡Claro que no! Dios lo es todo y Dios está en nosotros, disfrutando de su creación pero a través de nosotros…
− No, no ¡Tú estás loco, mano! Si de veras existiera Dios no pasarían tantas cosas malas ¿A poco crees que a el le gustaría estar sintiendo lo que siente el que se enferma o el que se quema?
− Mira, hermano, yo no sé que tengas en tu cabezota, pero te voy a decir una cosa y va a ser una sola vez, así que ponme mucha atención, porque, si lo entiendes, a partir de hoy vas a vivir una nueva vida y si no, por lo menos, para que no lo olvides, para que si un día lo llegas a comprender disfrutes todo lo que la vida nos da. ¿Tú crees que todo debería de ser placer, belleza y descanso? Escucha esto, porque estoy seguro que has vivido toda tu vida equivocado. Debes saber que Dios creo el placer y el dolor, lo dulce y lo amargo, la paz y la guerra. ¿Pero, para qué? ¿Por qué crees que lo hizo? Porque todo es la vida y debes conocer la pena para poder reconocer la felicidad, debes saber trabajar para saber descansar, debes saber que hay enfermedad para que disfrutes de la salud y lo más importante será entonces que la cuides ¿Me entiendes? Cuando llueva sal y siente la lluvia, cuando haga calor sal y siente el sol, pero no dejes de vivirlo aunque a veces creas que es malo. Porque después quien sabe si podrás vivirlo de nuevo y ya querrás vivir aunque sea eso que antes creías que era malo. ¡Sonrie! Que aquí dentro de ti −y le dio unos golpecitos en el pecho− está Dios y esa es la razón por la cual todo lo que vez existe, sólo para ti. ¡Ven anda! ¡Ayúdame a saludar a Dios y desearle un buen día! ¡Ven! No te quedes ahí parado que tenemos que regresarle algo de los que nos dio.
Y se lo llevo jalando a donde, apresurada, pasaba la gente por la calle. Ahí los peatones se topaban con un pordiosero y un desempleado que los saludaban con la dicha de ser ese día tan afortunados.
viernes, febrero 16, 2007
En mi cama
Desperté hace unos días, arañado y sin saber donde estaba. Hay gente que se asoma por una especie de ventana, me miran y luego me encierran. Gente que me trae almuerzo cuando ya parece que es tarde, creo que por eso llegan fríos pero ni modo que los desaire. No entiendo que esta pasando, siento frío, luego calor y cuando quiero dormir para olvidar, todo comienza a dar vueltas y termino vomitando. Así que siento estar despierto desde no sé cuando. Recuerdo que las cosas se cambiaron de lugar, que las llaves estaban calientes y moradas. No sé si aún estoy vivo o al infierno voy llegando, es más, ni siquiera sé quién soy, ni como abrir para saltar. Creo, porque creo creer, que lo mejor sería abandonar este sueño que no es sueño sino irreal tempestad. Es como si hubiese nacido en un barco en alta mar y mis papeles estuvieran mojados, como si mis padres al querer leer lo que en ellos está escrito no los hubiesen entendido y, por ello, me hubieran abandonado. Entonces, siento la tinta azul, casi morada, que se ha escurrido, no veo nada.
Cuando despierto, la luz llega a mí cama y sonriente me carcajeo por lo loco de mis sueños. Doy vuelta entre las sabanas y meto la mano bajo la almohada, pero no la siento. Siento la almohada contra mi cara pero no mi brazo y su extremidad; me levanto para ver que está pasando y al buscar con mi mirada, veo mi mano azul que también está inflamada. Justo al borde veo algo y le pongo atención, es una tarántula que camina despacio, escapando a su rincón.
La increíble historia de Pueblo Chico
Corrían los primeros años del siglo XXI, tiempos de avanzadas tecnologías y de vidas cada vez más cómodas. En pueblo Chico todo iba como en los últimos cincuenta años: todo parecía ir de prisa pero no pasaba nada. La gente con dinero seguía teniendo cada vez más de eso y los que no…bueno ¿Para que contarlo?
En Pueblo Chico el gobierno tenía mucho poder, aunque parecía no tenerlo en aquello que no llenaba los bolsillos de sus gobernantes; en esas cosas era el mejor, el más eficiente y el más desarrollado; con tanto poder era fácil hacer lo que quisieran y cada vez fueron aprendiendo mejor como hacerlo.
Al pueblo le lavaba el cerebro de día y de noche, tenía anuncios y comerciales en todo tiempo y a cada propicia ocasión les hacia festejos donde inculcaba sus métodos. Todo parecía ir en orden todo el tiempo y en todas direcciones. Gobierno y borreguitos iban de la mano, forjando el destino al que estaban destinados.
Pero no hay mal que dure cien años, cuanto más en tiempos tan avanzados y al gobierno de Pueblo Chico un día su hora se le llegó. Entusiasmados con los resultados, a los burócratas se les ocurrió comprar todo el tiempo en tele y radio y lo único que el pueblo podía ver y oír era al presidente municipal contando sus aciertos y las acciones a celebrar. La gente se le enojó parejo, hasta sus mejores partidarios y hubo muchas protestas en la plaza principal.
Al gobierno que, hasta entonces, había tenido sólo buenos resultados con recolecciones de dinero y sus golpes publicitarios, no le importó todo aquello, lo tenía prácticamente despreocupado; se pensó mejor en aprovechar que la gente estaba en la plaza y puso en ella una pantalla de esas grandes, digital y de colores, para transmitir los supuestos logros de su famoso alcalde.
El pueblo enardecido, por tanto desaire, fue a traer sus teles y sus radios esa misma tarde y estrellándolos en el centro de la plaza, hizo una gran pirámide que tapó los mensajes y spots del gobernante. Cuando cayó la noche se vieron por fin muchas caras felices, pues se sabían despiertos, de un largo periodo hipnotizados. Ya cansados de tanto celebrar, alguien grito: “Por respeto a la autoridad, hay que parar e irnos a descansar”. Entonces, el pueblo se fue a sus casas y descansaron uno, dos, tres y cuatro días y hasta hoy siguen descansando, de los mensajes del alcalde y sus anuncios descabellados.
Dicen que ese pequeño pueblo es ahora el paraíso, pues no hay en él campañas enfadosas, de esas que hacen los que pierden el piso, ni novelas con mentiras o fútbol con sus fracasos, ni mucho menos gente que esté sufriendo por perder el tiempo a diario.
Y cuando note que mis nietos se estén cansando, despertarlos con frescura, al cantarles con mi guitarra, estos versos que mí ciudad hoy inspira:
de lindas caras te has llenado;
A pesar de tanto mal político,
Que nomás te han utilizado.
Para hacerse de dinero
o para hacerse de fama;
Esos pillos sin llenadero,
Lo que ocupan es una cama.
Que sea de fierro macizo,
Tan dura como su alma,
Como las que tienen de uso,
En
Obviamente está inspirado en los últimos acontecimientos ocurridos en mi ciudad natal: ¡Tijuana!
jueves, febrero 15, 2007
Amor de hoy
En la noche yo me había ido a la cama con un pensamiento atravesado, que retumbaba en mi cabeza y yo era incapaz de acomodar; pensé en el pasado, pensé en el presente y no quise imaginarme lo que luego pasará.
Recordé como el amor vino y luego se fue muchas veces. En el creí y deje de creer pero luego siempre creí otra vez. ¿Cuantas veces se puede uno enamorar?
Al amor lo conocí primero de mi madre y cuando crecí lo espere mucho tiempo, más cuando vi que no venía me fui a buscarlo. En verdad que tuve suerte.
Siempre he amado con fuerza y de maneras diferentes y, a veces, hasta he de huido de él pero ha sido entonces cuando más me lo he encontrado. Lo he visto en lados y en todos los seres. Por eso al amor me he rendido y lo he dejado crecer, no hay nada mejor en que creer.
El sol me pegaba en la cara, tibiamente, y se me ocurrió que el amor y el sol tienen algo en común, se van continuamente pero reaparecen de nuevo una y otra vez. Creo que por eso en las mañanas, como mis vecinos, casi todo mundo se levanta y se va sin protestar, por que saben que por el amor hay un precio que pagar.
miércoles, febrero 07, 2007
Re-encuentro
Que Violeta Parra era de las mejores;
Que se suicidó por una amor a sus cincuenta y tantos;
Que se enamoró de uno de diecisiete;
Que hay que lanzar una maldición; ¡No!
Que debe ser escrita, para continuar con la tradición.
Que debe ser al sexo propio;
Que sin meterse con el de los demás; y,
Que no hay tiempo para pensar…
Si yo tuviera que maldecir a mi sexo, lo maldeciría
por siempre dejarme insatisfecho, sintiendo culpa y
hasta pecado, por regresar siempre con más
fuerza y no darme descanso.
lunes, noviembre 20, 2006
El Sauce

Hace bastantes años ya, en un prospero pueblo mediterráneo, un hombre trajo a su casa un lindo cachorro. Como se acostumbraba en esos tiempos, tomó al pequeño perro y lo amarró de un joven sauce que se mecía al lado de una vieja parra que estaba a un costado de la casa. Pensó que el sauce cuidaría al cachorro y la parra al sauce. El cachorro fue creciendo a la sombra del sauce y, a veces, se orinaba en él; en ese patio todos eran felices, como sólo lo pueden ser los que tienen una familia.
Pero en todas partes existe el mal, hasta en el paraíso como Adán y Eva lo supieron, por eso he de contar aquí que un día, cuando el perro ya era un perro viejo, vio partir a su dueño al campo como durante años lo vio partir todos los días pero esta vez lo vio volver acompañado de cuatro tipos quienes ataron a su dueño del sauce y se metieron en la casa. Se oyeron ruidos por todos los rincones y golpes le sobraron a su amo por no decir que tenía algo de valor. Esos necios no sabían que los hombres buenos no saben mentir. Después de un rato, con todos los quesos del buen hombre en las manos, salieron y se echaron a la sombra del mismo sauce. Desde ahí miraron como ardía la casa mientras su dueño, desesperado, trataba de apagarla. De nada le servía que lo hayan soltado, el fuego ya era muy grande.
Los estúpidos no hacían más que burlarse a carcajadas, con la boca llena, casi vomitando el queso que con las manos se metían a la boca, queriendo tragárselo de un bocado. El perro temeroso en un principio ahora lucía inquieto, ladraba sin saber a donde hasta que se abalanzó sobre los extraños, atacándolos con una furia que nunca antes había mostrado. Apenas pudo morder a uno de ellos cuando una soga lo cogió del cuello y lo jaló, guiándolo hacia su destino; de una gruesa rama del sauce terminó colgado.
El buen hombre no pudo más y dejo salir si ira lanzándose sobre sus agresores. Dos latigazos lo paralizaron y lo hicieron retorcerse sobre el suelo, luego los ingratos malnacidos lo sujetaron al sauce y le dieron de latigazos uno por uno hasta que quedaron exhaustos. Todos creemos que los árboles no sienten pero este sauce estaba sintiendo como cualquier otro puede sentir cuando algo así le pasa a su familia. Triste y desesperado presenciaba como el buen hombre perdía la vida atado a él y en una de sus ramas se mecía sin vida el perro. Así presenció como los malditos sinvergüenzas se alejaban mientras la casa se reducía a cenizas. Ahí maldijo una y mil veces a Dios por no poder hacer nada, por haber sido creado sólo para ser un mudo testigo de lo que les pasó a quienes lo querían. Lo gritó con tantas fuerzas que aún hoy cuando sopla al viento se oye su lamento. Quedo ahí, incapaz, como siguen los sauces hasta ahora, junto a la vieja parra a la que se le marchitaron las uvas que tenía por el fuego; por ello cuenta la leyenda que desde aquel día las uvas se marchitan sin caer al suelo, se hacen pasas con la esperanza de que venga un buen hombre a recogerlas para hacer vino de ellas y también, cuenta la leyenda, que desde entonces los sauces se ven tristes, por eso se llaman sauces llorones.